LA HISTORIOGRAFÍA CLÁSICA: TITO LIVIO Y TÁCITO

1.      La historiografía romana.

1.1. Género.

La historiografía en Roma es un género literario que tiene como finalidad narrar los hechos históricos desde un punto de vista artístico. Se caracteriza por una serie de rasgos:

-narración de hechos históricos,

-importancia de la descripción, ya sea de países, costumbres, carácter de los personajes históricos, etc.

-discursos intercalados, reales o ficticios, puestos en boca de los protagonistas o en forma de estilo indirecto,

-comentarios del autor que muestran su visión de las cosas, su opinión ante los acontecimientos.

1.2. Precedentes.

El ciudadano romano de la República tardía, la época que se extiende a partir de las guerras púnicas, estaba persuadido de que “las costumbres heredadas de los antepasados” (mores maiorum) constituían un sistema ideal de valores del que se podían extraer los modelos (exempla) para la propia conducta. Y estaba convencido de que dichos valores habían comenzado a perderse ya en su época. La pregunta por el porqué de esta decadencia y la admiración por la grandeza de los tiempos pretéritos constituyeron el marco en el que se desarrolló la historiografía romana, que había partido de los secos anales de los sumos sacerdotes (Annales pontificum), en los que se recogían los sucesos más importantes acaecidos en el consulado correspondiente. Fue entonces cuando acudieron a los dechados griegos.

 Curiosamente, los primeros que lo intentaron (Quinto Fabio Píctor y Lucio Cincio Alimento), a finales del siglo III a.C., se sirvieron de la lengua griega. La explicación está en el hecho de que, para ese momento, el helenismo se había difundido por todo el Mediterráneo y el griego era una lengua de cultura. Esto coincide con la confrontación de Roma con los cartagineses en la Primera Guerra Púnica, y el que los historiadores romanos escribieran sus obras en griego, la lengua internacional vigente entonces, tenía función diplomática y propagandística. Estos “analistas” redactaron los hechos sucedidos dispuestos cronológicamente año tras año.

En el siglo II a.C. surgió la historiografía romana auténtica, redactada ya en lengua latina, en la misma época en la que se creó la epopeya histórica. Catón “el Viejo” (234-149 a.C.) redactó al final de su vida, tras una agitada carrera política, la obra titulada Origines. Los libros 1-3 describían la prehistoria y la historia temprana de Roma (inicia la narración con el mito de Eneas) y de otras ciudades itálicas; los libros 4-7 trataban del subsiguiente desarrollo de Roma hasta los tiempos presentes (el 149 a.C.). Está escrita en un lenguaje directo y muy expresivo. Pone de manifiesto la postura nacionalista y antigriega del autor. Ejerció una poderosa influencia sobre la posteridad.

 

La obra de Catón fue imitada muy pronto por los analistas que escribieron en latín en la segunda mitad del siglo II y comienzos del I a.C. (Calpurnio Pisón Frugi y L. Casio Hemina), autores de menor rango que se atuvieron en general al esquema de los Annales pontificum. Sólo aspiraban a ser claros y concisos y no se preocupaban de problemas estilísticos o artísticos. Divergen fuertemente entre sí tanto en la tendencia como en el método, y lo fragmentario de los textos que han llegado hasta nosotros hace más difícil enjuiciar cada obra individualmente.

Más importancia merece Lelio Celio Antípater (segunda mitad del siglo II a.C.), el primer historiador romano que se entregó a su tarea de manera especializada y profesional. Su obra sobre la Segunda Guerra Púnica (con Escipión el Viejo como héroe principal) fundó en Roma la monografía histórica. Su estilo está fuertemente teñido de retoricismo, que se convirtió desde entonces en un elemento tradicional de la historiografía romana.

Distinta es la obra de Sempronio Aselio, quien, a finales del siglo II a.C., subrayó por primera vez la necesidad de un enfoque causal de la historia.

Los analistas de la época de Sila (comienzos del siglo I a.C.) hacen una crónica de la ciudad, tratando la historia primitiva de Roma de manera sucinta. Son frecuentes en ellos las exageraciones ostentosas a favor de la familia a la que servían como clientes.

Después de Sempronio Aselio, y quizás siguiendo sus huellas, Cornelio Sisena cultivó también el género de la historiografía pragmática, que se concretaba a la historia contemporánea y pretendía hacer comprender en su causalidad los acontecimientos del presente.

Si a todo ello se añaden las autobiografías de políticos destacados (Cayo Graco, Sila), obtenemos un cuadro muy rico y complejo de la historiografía romana de la época anterior a Cicerón. Sin embargo, una historiografía romana verdaderamente valiosa no apareció hasta después de la muerte de Cicerón.

1.3. La historiografía clásica.

           Contemporáneos de Cicerón fueron César, Salustio y Nepote.

           Aunque a César no puede considerársele sin más como historiador en el sentido antiguo del término, responde plenamente al ideal ciceroniano. En cambio, Salustio siguió un camino distinto del propuesto por Cicerón para la historiografía.

           En cuanto a César, los siete libros del De bello Gallico tienen como tema la conquista de las Galias por César (58-50 a.C.), y fueron completados por un libro octavo compuesto por Hircio, uno de sus generales. La obra De bello civili trata de la guerra civil contra Pompeyo, que fue continuada en el Bellum Alexandrinum, el Bellum Africum y el Bellum Hispaniense, tres escritos de la misma época atribuidos a César pero de autor desconocido. En sus obras César crea un nuevo género de historiografía que no puede ser considerada literatura en el sentido estricto del término y que tiene como propósito su autojustificación.

           Salustio extrajo sus temas de la época de decadencia que siguió a la aparición de los Gracos. Una profunda y amarga reflexión sobre el derrumbamiento de la antigua res publica, que se basaba en las mores maiorum, caracterizan a toda su obra. Compuso dos monografías: De coniuratione Catilinae  y De bello Iugurthino. Al género de la historiografía general pertenecen sus Historiae, hoy perdidas, salvo algunos fragmentos, que trataban de la época posterior a la muerte de Sila (78 a.C.).

 

            Al entorno de Cicerón pertenecen, además de César, Pomponio Ático, Terencio Varrón y Cornelio Nepote. Pomponio Ático compuso un Liber annalis, que en un solo libro ofrece un resumen de toda la historia de Roma. Terencio Varrón fue el más grande erudito de su época. Los resultados de sus investigaciones históricas fueron expuestos entre otros en sus Antiquitatum libri XLI, sobre los tiempos antiguos de Roma.

En cuanto a Cornelio Nepote, se le considera inaugurador de nuevas formas de la literatura histórica en Roma: el resumen, la biografía y la compilación anecdótica. La cronografía no tuvo un desarrollo científico en Roma hasta la época clásica. La Crónica universal, en tres libros, de Cornelio Nepote, perdida para nosotros fue el primer escrito de su clase en Roma. En cuanto a su compilación de ejemplos retóricos, con la que inauguró la compilación anecdótica en Roma, debió de superar en importancia a la de Valerio Máximo, de la época de Tiberio. Pero es famoso sobre todo como biógrafo. Su obra principal, De viris illustribus libri XVI (?), pintaba las vidas tanto de ciudadanos romanos como no romanos. De ellas han llegado a nosotros 22 biografías de caudillos extranjeros, entre ellos de Aníbal, así como dos biografías de historiadores romanos, Catón “el Viejo” y Ático. Pero, aunque sus fuentes eran históricas, no buscaba en ellas ante todo la verdad histórica.

Tito Livio dedicó buena parte de su vida (ca. 60 a.C.-17 d.C.) a escribir en 142 libros la historia romana desde sus comienzos hasta el año 9 a.C. Su publicación se llevó a cabo probablemente en grupos de cinco o de diez libros. De la ingente obra Ab urbe condita sólo ha logrado conservarse una cuarta parte: las cuatro primeras décadas y los cinco libros siguientes. En la ordenación de la temática sigue el esquema de la sucesión de los años, por lo que puede ser considerado como el último de los analistas. Por su cuestionable metodología (su crítica de las fuentes históricas deja mucho que desear) y por el aspecto estilístico-literario de su historiografía reducen su importancia como historiador en el sentido moderno del término. Con todo, es una de las figuras claves de la historiografía romana.

Junto a Livio, Pompeyo Trogo, Veleyo Patérculo y Valerio Máximo son los principales representantes de la historiografía de la época de Augusto y Tiberio. Todos ellos son de reducida importancia. Sus rasgos característicos son el refinamiento y la exageración patética. Representan una evolución hacia una especie de “barroco”. Por otra parte, la desaparición progresiva de la libertad de palabra durante el Imperio planteó un problema de conciencia a los historiadores.

Para no poner en peligro la verdad ni su propia seguridad, Pompeyo Trogo optó por una historia del mundo no romano hasta el año 20 a.C. en 44 libros titulada Historiae Philippicae, concebida posiblemente como una especie de contrapeso a la obra de Tito Livio. La conocemos gracias a un resumen que compuso un tal Justino en el siglo II de nuestra era, en el que redujo la obra a una décima parte.

La idea de la decadencia del Estado romano, marcado por el final de la era republicana y el comienzo del período imperial, aparece en Veleyo Patérculo, si bien es cierto que hace un retraro entusiasta del emperador reinante, Tiberio. Sus Historiae Romanae, en dos libros, trataban, el primero de ellos, los sucesos acaecidos hasta el año 146 a.C. y, el segundo, los años 146 a.C. hasta 30 d.C. Lo más característico de su obra es el hecho de que, en diversas digresiones, se ocupe de problemas de la historia cultural y sobre todo literaria de Roma.

 

Valerio Máximo no debe ser contado entre los historiadores, ya que era realmente un rhetor. Elaboró una colección de ejemplos históricos con la que quería ser útil a los oradores. Sus Facta et dicta memorabilia en 9 libros están ordenados sistemáticamente por temas: religión, instituciones, virtudes morales, etc. Predominan los ejemplos romanos, aunque también se da cabida a los extranjeros. La estrechez de miras y el servilismo al régimen son sus principales características.

La historiografía de la segunda mitad el siglo I d.C. ofrece un cuadro poco interesante, ya que algunas buenas obras de este período se han perdido. En efecto, hubieron de sufrir la competencia de la exposición del Imperio temprano hecha por Tácito. La única de esta época que ha llegado hasta nosotros es la de Curcio Rufo. Fue un historiador que evitó todo conflicto con el régimen eligiendo un tema carente de actualidad pero que, con todo, despertaba un interés general. En su Historia Alexandri Magni, en 10 libros, eligió a un héroe que, tres siglos después de su muerte, seguía atrayendo a los lectores. Su figura resultaba actual como ejemplo de un déspota fascinador, hasta el punto de que más de un emperador romano quiso presentarse como un nuevo Alejandro. Curcio destaca sobre todo por sus análisis psicológicos del soberano, con los que anticipa a Tácito y compensa sus deficiencias históricas, geográfico-etnográficas y de estrategia militar. Su obra es, en definitiva, una especie de novela histórica.

El tercer historiador más destacado de la historiografía clásica, que vivió y compuso su obra después de Salustio y Tito Livio, en la segunda mitad del siglo I d.C, es Tácito.

Escribió dos monografías: Agricola y Germania. La primera de ellas es un homenaje personal a su suegro Agrícola, un hombre de carácter inquebrantable cuyas cualidades le permitieron conseguir las más altas dignidades y cargos públicos bajo la tiranía de Domiciano. Pero esta obra es más que un biografía, pues se ocupa de las campañas militares de Agrícola en Britania y, en algún pasaje, lleva a cabo una implacable acusación contra el imperialismo romano. En cuanto a la segunda monografía mencionada, describe, dentro del marco de una etnografía sistemática, las costumbres germanas como algo completamente distinto de las formas de vida romanas, pero igualmente válido y, en algunas ocasiones, incluso mejor.

Tras estas monografías, Tácito escribió su primera obra de mayor envergadura, las Historias, en 5 libros. Comenzó con el año de los tres césares (Galba, Otón y Vitelio, año 69 d.C.) y expuso seguidamente el reinado de los emperadores de la dinastía flavia (Vespasiano, Tito y Domiciano), en una evolución de la luz a las tinieblas. En el prefacio nos avisa de que la época descrita está plagada de acontecimientos horribles. En su obra siguiente, los Annales, se remonta a un período histórico anterior, la época comprendida entre la muerte de Augusto y la de Nerón. Escrita en 16 libros, sólo se han conservado el primer y último tercios. En ella Tácito, independientemente de la época del Imperio que relata, describe el Principado como tal, con todas sus consecuencias para el Estado y para la vida de sus ciudadanos. Tanto en su moralismo y su actitud respecto a la tarea fundamental de la historiografía como en el estilo es evidente la influencia de Salustio.

2.      TITO LIVIO.

2.1.  Biografía.

Nació hacia el año 60 a.C. en Padua, una antigua ciudad del Véneto. De familia burguesa, de ideas republicanas, sólo abandonó su ciudad para ir a Roma y regresó a ella a pasar sus tres últimos años. No desempeñó ningún papel en la vida política. Se dedicó por entero a las letras: retórica, diálogos filosóficos, pero sobre todo historiografía, lo único de su obra que nos ha llegado, de lo que nos queda tan sólo una parte. Su Historia de Roma (Ab Urbe condita libri), obra inmensa en la que trabajaba ya en 27 a.C., le ocupó hasta su muerte. Sin sacrificar nada de sus convicciones “pompeyanas” y sin adular a Augusto, se ganó el aprecio de éste. Supo transmitir a la época imperial una imagen auténticamente nacional de la antigua Roma, sin hacer una exaltación del nuevo régimen. Murió en 17 a.C.

2.2.  Producción literaria.

Los 142 libros de la Historia de Roma (Ab Urbe condita libri), que iban desde los orígenes hasta el año 9 a.C., fueron publicados en grupos desiguales de cinco o de diez libros, formando un todo. Probablemente antes del siglo IV, la división por décadas o grupos de diez libros pareció la más indicada.

El hecho de que Tito Livio compusiera esta obra gigantesca y universal hizo que desaparecieran, relegadas al olvido, numerosas obras históricas de la era republicana. Ella misma, incluso, cayó víctima de su propio desmesurado volumen. Sólo una cuarta parte del total ha logrado conservarse: la primera década (libros 1 al 10), que trata de los sucesos que se inician con la legendaria llegada de Eneas hasta la derrota samnita en el año 293 a.C.; la tercera década (libros 21 al 30), con la Segunda Guerra Púnica, y la cuarta y la mitad de la quinta (libros 31 al 45), que tienen por contenido las guerras macedónicas y sirias. Una mutilación tan grave de una obra tan célebre se explica porque su propia extensión hacía difícil multiplicar los ejemplares manuscritos en su integridad. Por otra parte, como figuraba como prototipo de historia romana, se habían redactado desde muy pronto resúmenes sucintos por libros, los llamados Periochae, atribuidos al abreviador Floro, del siglo II d.C. Gracias a ellos, conocemos la obra a partir del libro 45, con excepción de los libros 136 y 137.

2.3.  Valoración de la obra desde el punto de vista del contenido y de la forma.

2.3.1.      Temática.

El comienzo de un nueva época, con el fin de las guerras civiles y el advenimiento de Augusto, hacía posible que la historia romana, aunque continuara avanzando, apareciese como un todo. Por otra parte, las ideas del nuevo régimen tendentes a la creación de un espíritu nacional y a la restauración de la moralidad tradicional, favorecían la exaltación del pasado más remoto y la pintura sin adornos de las crisis recientes. Todo ello debió de motivar a Tito Livio para la creación de una historia nacional, que había de reunir todas las cualidades de la elocuencia y ciertos recursos de la poesía. En ella trazó la majestuosa imagen de la antigua Roma, que alimentó el nacionalismo romano durante todo el Imperio.

En el prefacio de la obra se pone de manifiesto la influencia de Salustio en su concepción de todo el conjunto de la historia romana. Considera como su principal objetivo el que sus lectores capten cómo eran las mores maiorum, qué hombres y qué cualidades hicieron posible la ascensión del imperio, y cómo después se han ido perdiendo progresivamente hasta llegar a los tiempos presentes. Sin embargo, su pesimismo se ve paliado cuando señala que la tarea fundamental de la historiografía es poner de manifiesto los ejemplos buenos y malos de la historia para que sirvan de lección. Y por lo que respecta a Roma, ella ha sido precisamente abundante en estos buenos ejemplos durante mucho tiempo.

2.3.2. Contenido didáctico.

Por un lado, trazó el esquema del romano ideal, heroico, laborioso, tenaz, amante de la justicia), símbolo de la eternidad de Roma. Por otro, dedujo una serie de lecciones de las continuas batallas y de las incesantes luchas políticas, en las que cada cual podía encontrar materia de reflexión. Todo ello hace que su obra se presente como una vasta colección de experiencias generalizadas acerca de la vida de un estado.

2.3.3.      Método histórico.

Al tratar de abordar toda la historia de Roma, Tito Livio había de afrontar grandes dificultades. Toda la historia primitiva de Roma, al menos la correspondiente al período monárquico, no era sino una trama de narraciones fantásticas. Sabía que mucha documentación perteneciente a esta época había tenido que desaparecer y que buena parte de la que se conservaba había sido amañada por las familias que habían dirigido la política de Roma. Además, muchas obras oficiales se encontraban dispersas y planteaban muchos problemas de interpretación. Por otra parte, al no haberse dedicado a la política, a diferencia de otros historiadores, Tito Livio carecía de la formación práctica de éstos.

Se sirvió sobre todo de obras latinas. Normalmente, sigue muy de cerca dos o tres para cada parte de su historia, mezclando en cada momento con sus datos notas de otras procedencias. Además, las falsedades y exageraciones de los analistas tienen que ser manifiestas para que las rechace. Una verosimilitud lógica, un término medio entre dos cifras le ayudan a emitir una hipótesis. En cuanto a los autores no latinos, parece ignorarlos, a excepción de Polibio.

Un método tal permitió a Tito Livio trabajar con rapidez. En cambio, no supo seleccionar las informaciones más verosímiles correspondientes a los siglos más antiguos de Roma: no sospechó el contenido religioso de las leyendas que narraba ni la diversidad de intereses que traslucían los datos. Sin embargo, nos transmite antiguos estadios de la tradición romana y nos ayuda a comprender el temperamento romano y las relaciones entre los problemas internos y externos. Y, en la narración del último siglo de la república, que constituye, con mucho, la parte más extensa de su obra, se pone de manifiesto su imparcialidad, la proximidad de los hechos relatados y la actualidad de los asuntos tratados. Todo ello hizo conferir a su obra un valor histórico muy elevado.

2.3.4.      Forma.

Tito Livio compone sus relatos con rigor y los enlaza realizando conjuntos cada vez más amplios. Logra así una narración épica que avanza regular e ininterrumpidamente, que no se libra de una cierta monotonía. Pero expone la materia año por año, siguiendo la costumbre de los analistas, lo cual mutila a veces los períodos históricos más grandiosos.

No describe los paisajes de Italia, ni las condiciones materiales de vida, ni las mentalidades en su complejidad. Sin embargo, revive los hechos con una intensidad sorprendente, como si se tratara de acontecimientos actuales, en los que se hallara envuelto él mismo. Resulta, así, incluso ante los acontecimientos más remotos, un tono generalizador muy de acuerdo con su objetivo moral y, al mismo tiempo, una intensidad dramática igual que la de Tácito.

2.3.5.      La psicología.

Tito Livio se interesa especialmente por los factores psicológicos de la historia.

Centra su atención en figuras lo bastante representativas como para indicar las tendencias de un partido político en un momento determinado o de todo el pueblo romano. Traza retratos unas veces ficticios, otras basados en documentos verídicos. Pero sobre todo desarrolla los caracteres de los protagonistas en el curso de los acontecimientos.

Su principal originalidad reside en la evocación de las emociones colectivas, en la volubilidad de las masas.

2.3.6.      Los discursos.

Numerosos discursos jalonan la narración. Normalmente, son bastante breves, aunque algunos alcanzan grandes proporciones, y todos, como era tradicional en la historiografía romana, son invención del autor, que trata de imitar, en cada caso, el estilo de la persona que habla. En la composición artística de la obra, sirven para equilibrar los períodos descriptivos y narrativos. Pero a veces, además, desarrollan en todos sus rasgos la psicología de un personaje o, más frecuentemente, la política de un partido. En otras ocasiones trata de exponer el ambiente general de una situación.

Con todo, a pesar de los discursos diseminados y de sus caracterizaciones psicológicas, conserva la sucesión lineal de los acontecimientos.

2.3.7.      Estilo.

Tito Livio admiraba la prosa de Demóstenes y de Cicerón, y censuraba las asperezas y los arcaísmos de Salustio, en particular, y las tendencias de la prosa de su tiempo, en general. Pensaba, con Cicerón, que la historia debía ser “obra oratoria”, de manera que había de discurrir regular y majestuosamente. Esto es así a partir de la tercera “década” y, muy especialmente, después.

En los primeros libros, en cambio, su estilo es más actual, y se caracteriza por su concisión y por la utilización frecuente de recursos del lenguaje poético de la época de Augusto. Este estilo anuncia a los historiadores del siglo I de nuestra era, e incluso a Tácito.

En su conjunto, el estilo de Tito Livio  es periódico, pero en él los períodos son más densos y más simétricos que los de Cicerón. Como ya hemos apuntado, la lengua empieza a aceptar gran cantidad de expresiones antiguas o poéticas (son frecuentes las metáforas y las comparaciones), lo que no sucedía en Cicerón.

3. TÁCITO.

            3.1. Biografía.

            P. Cornelio Tácito, de origen ecuestre, nació hacia 55 d.C. Ingresó en el ordo senatorius en 78 d.C. al casar con la hija de Agrícola, que había sido cónsul el año anterior. Su carrera política fue de las más regulares; y no parece haber sufrido la dureza de Domiciano. Se inició bajo Vespasiano; fue pretor bajo Domiciano (88 d.C.), cónsul reelecto bajo Nerva (97 d.C.), y procónsul de Asia durante el reinado de Trajano (112 d.C.). Su elocuencia le ganó muy pronto un alto renombre. No se dedicó a la historia hasta después de 97 d.C. La fecha de su muerte es desconocida (¿120 d.C.?).

            3.2. Producción literaria.

            No sabemos ni cuándo fue compuesto ni publicado el Dialogus de oratoribus (Diálogo de los oradores). A causa de su clasicismo y de su diferencia estilística con los otros escritos de Tácito, no hay consenso sobre si hay que fecharlo en la época anterior a Domiciano o si pertenece cronológicamente al resto de las obras de Tácito, que comenzó a escribir después de la muerte del emperador.

En 98 d.C. publicó dos obritas, Agricola, una biografía, y Germania, una monografía etnográfico-geográfica.

En el Agricola narra como historiador, aunque idealizándola ligeramente, la vida de su suegro Agrícola, uno de los conquistadores de la Bretaña, muerto en 93 d.C. Critica duramente a Domiciano y justifica a los funcionarios que, como él mismo, no habían participado de su tiranía.

La Germania constituye un cuadro etnográfico y geográfico de las tribus de más allá del Rhin, muy documentado y clarividente en su exposición. Fue escrito coincidiendo con la fortificación de la frontera del Rhin por Trajano.

Después de 98 d.C., Tácito aborda sus grandes obras históricas. Primero, las Historiae (Historias), que, acaso en 14 libros, tratan del período más reciente, desde la muerte de Nerón a la de Domiciano (69-96 d.C.). Comenzó con el año de los tres césares (69 d.C.) -Galba, Otón y Vitelio- y expuso seguidamente el reinado de los emperadores de la dinastía flavia -Vespasiano, Tito y Domiciano-, en una evolución de la claridad hasta las tinieblas. Sólo tenemos los cuatro primeros libros y el comienzo del quinto, los años 69-70 d.C., que comprenden la historia de los emperadores Galba, Otón y Vitelio, la sublevación de los bátavos y el comienzo de la lucha por Jerusalem.

Luego, a partir de 115-117 d.C., aparecieron los Annales (Anales), en 16 libros quizás, en los que se remontaba a un período histórico anterior, la época comprendida entre la muerte de Augusto y la de Nerón (14-68 d.C.). Sólo se ha conservado el primer tercio (libros 1 al 4, partes de los libros 5 y 6) -el gobierno de Tiberio- y el último (una parte del 11, libros 12 al 15 y una parte del libro 16) -la última parte del gobierno de Claudio y el gobierno de Nerón con excepción de los dos últimos años-. Tácito pensaba completar ese conjunto con una historia de Augusto y otra de los reinados de Nerva y de Trajano. Pero no tuvo tiempo para ello.

 

 

3.3. Valoración de la obra desde el punto de vista del contenido y de la forma.

3.3.1. Temática.

El Diálogo de los oradores constituye un ensayo de crítica literaria en el que, bajo una forma muy similar a la de Cicerón, se expresan distintos puntos de vista. En él Tácito hace discutir a algunas personalidades destacadas de los tiempos de su juventud sobre las causas de la decadencia de la oratoria en la época imperial. Se citan el abandono de la educación, la decadencia general de las costumbres y, sobre todo, el hecho de que un régimen político monárquico coarta la libertad de expresión y, por tanto, deja pocas posibilidades para el cultivo de la elocuencia.

El Agricola es, ante todo, un homenaje personal a su suegro, y guarda por ello una relación directa con la laudatio funebris tradicional romana. Destaca las cualidades singulares que permitieron a Agrícola, un hombre de carácter inquebrantable, escalar las más altas dignidades y cargos públicos bajo la tiranía de Domiciano. Nos dice de él que no puso en juego su nombre y su vida mediante la resistencia al régimen y la denuncia de la falta de libertad, pero que supo acompañar la obediencia y la autolimitación por la firmeza y la dignidad personal. Resulta evidente que, al hablar así, Tácito piensa no sólo en su suegro sino también en él mismo.

Pero Agricola es algo más que una biografía justificadora. Es también un trozo de historiografía romana. La parte más amplia de su escrito se ocupa de las campañas militares de Agrícola en Britania, que encierra una implacable acusación contra el imperialismo romano. Anuncia aquí claramente al posterior historiador.

La famosa monografía Germania describe, dentro del marco de una etnografía sistemática, las costumbres germanas como algo completamente distinto de las formas de vida romanas, e incluso digno de admiración.

Su estancia en la provincia de Bélgica entre los años 89 y 93 d.C. despertó en él un vivo interés por Germania. Este conocimiento directo y su comprensión hacia el pueblo germano, adversario de Roma, le permitieron crear el mejor relato etnográfico de la literatura latina. No obstante, la deficiente fundamentación científica de su obra y su idealización de las costumbres germanas ponen en entredicho su veracidad.

Al abordar tanto en sus Historiae como en sus Annales el período histórico anterior, Tácito rehúye tratar la historia contemporánea para no causar la irritación de los gobernantes. Sin embargo, como él mismo señala, la elección de un período anterior no le dio mucha más libertad de expresión. En efecto, poco importa en el fondo la época del Imperio que se describa, ya que se describirá siempre el Principado como tal, con todas sus consecuencias para el Estado y para la vida de los individuos.

En el prefacio de las Historiae, Tácito nos avisa de que tendrá que narrar acontecimientos terribles. Añade que, aunque ha habido personas que han sido ejemplos de virtudes, sin embargo, en conjunto la época descrita ha sido horrible hasta en la paz. Tan es así que, para asegurar la veracidad de lo expuesto, en el prefacio de los Annales afirma que escribe con imparcialidad (sine ira et studio). Sin embargo, Tácito no es del todo objetivo. Se interesa poco por otros asuntos que no sean las motivaciones psicológicas de unas pocas personalidades destacadas.

3.3.2. Método histórico.

Tácito se documentaba bien. Recurrió a:

-las obras de los historiadores que le habían precedido: Historia de las guerras de Germania, de Aufidio Baso; Historias, de Cluvio Rufo; Guerras de Germania, de Plinio el Viejo;

-las memorias, como las de la emperatriz Agripina;

-testimonios orales;

-el “Diario Oficial” de Roma (Acta diurna populi Romani);

-los Archivos del Senado (Acta Senatus).

Se enorgullece de haber usado con imparcialidad estas fuentes.

Trata en todo momento de ser muy actual: las crueldades de los reinados anteriores descritas hacían resaltar más los méritos de Nerva y de Trajano, emperadores bajo los que compone su obra historiográfica.

Su estudio es desigual: se interesa sobre todo por la corte imperial, que ofrece abundante materia para el análisis psicológico y moral, y por el mundo bárbaro, por el que se siente seducido. En cambio, los asuntos de carácter administrativo y financiero distan mucho de la perfección.

3.3.3. Filosofía de la historia.

Tácito no se decide entre la antigua concepción republicana del estado senatorial y la idea helenística e imperial de un régimen político monárquico.

3.3.4. Moralismo y psicología.

Su objetivo es de carácter moral: Tácito considera tarea fundamental de la historiografía salvar del olvido las virtudes y hacer temer los vicios, por el oprobio ante la posteridad. Su moralismo, no obstante, carece de toda estrechez de miras, de manera que no da en ningún momento la impresión de complacerse ante las maldades por él reseñadas, ni de intentar compensar insuficiencias personales, como ocurre a menudo con Salustio. Por ello le interesan especialmente las motivaciones humanas; y se sirve de una extraordinaria penetración psicológica.

La psicología de Tácito debe mucho a Séneca y a su propia experiencia bajo el reinado de Domiciano. De ahí su sutileza y su pesimismo.

Destaca el realismo con el que pinta el alma de sus personajes y el análisis de la volubilidad de las masas. En este sentido, Tácito ha superado a Tito Livio, más sensible a la moralidad pública que a la de los individuos, y a Salustio, de menor profundidad psicológica.

3.3.5. Forma.

Sus obras se estructuran en torno a retratos en los que se analizan la psicología de personajes destacados y de las multitudes, y que se suceden ininterrumpidamente. Se caracterizan por su gran fuerza y finura psicológica, si bien Tácito desarrolla desmesuradamente ciertas escenas sobrecogedoras. Los acontecimientos se van exponiendo al hilo de esos retratos.

Tácito consigue impresionar profundamente al lector.

3.3.6. Estilo.

El Diálogo de los oradores pone de manifiesto que en su juventud se sintió atraído al mismo tiempo por el ciceronianismo y por la elocuencia “contemporánea”, muy viva y recargada.

En el Agricola el estilo es aún muy oratorio. La Germania, en cambio, presenta un estilo nervioso y efectista que anuncia el de sus siguientes obras.

En las Historiae ensayó una lengua y un estilo nuevos, que llevó a su perfección en los Annales. Tácito no se muestra más profundamente influenciado por ninguno de sus predecesores que por Salustio. Los rasgos característicos más importantes del estilo de éste -la concisión y la oscuridad, las antítesis y las aliteraciones, los arcaísmos y los giros poéticos- aparecen de nuevo en Tácito. Pero en Tácito encontramos arcaísmos en número inferior y giros poéticos en número superior, extraídos de la tragedia. La tendencia de Salustio a expresar mediante una estructura gramatical distinta miembros correspondientes de una determinada frase, ocasionando una grave perturbación del equilibrio entre dichos miembros, llega a su extremo en Tácito. En la imitación de Tucídides y de Salustio sigue el gusto de su tiempo.

Propio de Tácito es, en fin, la fuerza singular que supo imprimir a ese estilo.