LA RETÓRICA Y ORATORIA CLÁSICAS: CICERÓN

1.      La oratoria en Roma.

En Roma, la enseñanza superior, a la que tenían acceso exclusivamente los jóvenes pertenecientes a familias acomodadas y con pretensiones políticas, se impartía en las escuelas de Retórica. Allí el rhetor enseñaba la técnica oratoria, un complicado sistema de reglas y procedimientos tradicionales de elaboración del discurso, heredados de Grecia. Los alumnos componían, memorizaban y recitaban discursos sobre temas ficticios. El maestro corregía la pronunciación, el tono de voz, los gestos y cuantos defectos observase.

Estos ejercicios eran el entrenamiento del futuro abogado o político. Los jóvenes completaban esta formación en el Foro, en donde escuchaban los discursos de oradores famosos, hasta que, con la instauración del régimen imperial, cesaron las rivalidades electorales y las campañas de captación de votos y, con ello, disminuyó la actividad oratoria. La Retórica entonces se refugia en las escuelas, pero se va convirtiendo en un puro artificio, lleno de afectación y carente de vida. Pues la Oratoria, en efecto, necesita de un clima democrático para desarrollarse. Por ello floreció durante la república, período en el que la carrera política (cursus honorum) se iba forjando en el Foro, en las Asambleas del Pueblo y en el Senado, y en el que hasta las dotes de mando de un general exigían capacidad para pronunciar vigorosas arengas a sus tropas.

2.      CICERÓN.

2.1.  Biografía.

Hijo de una familia ecuestre de Arpino (Italia central), nació en 106 a.C. Recibió una instrucción más amplia de lo habitual en su tiempo. En Roma intervino como abogado en procesos civiles y penales desde 81 a.C. Interrumpió esta actividad para irse a ampliar su formación a Atenas y Rodas desde 79 a 77 a.C. En la “escuela rodia”, encontró un nuevo estilo oratorio que, frente al asianismo de Hortensio, principal figura de la elocuencia en Roma en aquel momento, daba a la palabra una apariencia más clásica. Al regresar a Roma, adquirió reputación y clientela como abogado. En 75 a.C. ocupó el cargo de cuestor en Sicilia. En 70 a.C. tomó brillante partido contra la nobleza al atacar a Verres, pretor arbitrario de Sicilia. En este proceso logró imponerse a Hortensio en la escena forense. En 69 a.C. fue edil y en 66 a.C. pretor. El partido aristocrático, enfrentado a Catilina, puso sus esperanzas en las dotes y en los sentimientos republicanos de Cicerón y le proporcionó el consulado en 63 a.C., durante el que sofocó la conjuración de Catilina, favorecida por César. Los demócratas le volvieron las espaldas y su vanidad imprudente provocó los celos de Pompeyo. Los triunviros Pompeyo, César y Craso lo abandonaron: en 58 a.C. tuvo que ir al destierro, del que regresó al año siguiente en medio de grandes demostraciones de adhesión. Pero, aniquilado políticamente por los triunviros, débil y vacilante entre César y Pompeyo, aceptó el gobierno de Cilicia (51-50 a.C.). Después de largas vacilaciones, se decidió por Pompeyo en la guerra civil entre éste y César, quien, tras su victoria, le perdonó. Desde entonces hasta la muerte de César, permaneció apartado de la política y desplegó la más intensa y fructífera actividad literaria en filosofía y retórica. Después de la muerte de César (44 a.C.), intervino en la lucha contra Antonio, en la que encontró la muerte (43 a.C.).

2.2.  Producción literaria.

A la dedicación secundaria a la poesía y a la filosofía hay que añadir el resto de su obra literaria, que encarna la prosa republicana por antonomasia. En efecto, sobrepujó con mucho en la oratoria a todos sus predecesores, llevó a su máximo esplendor la literatura retórica especializada y la prosa filosófica y puso los fundamentos de la epistolografía como género literario.

2.2.1.      Poesía.

En su juventud escribió poesía, de la que conservamos escasos títulos (Alcyones, Glaucus, Nilus) y aún más escasos fragmentos de una colección que abarcaba varios epilios míticos dentro de la tradición alejandrina. Adaptó también del griego la obra de Arato (siglo III a.C.), un poema didáctico-astronómico.

En la segunda fase de su actividad poética, a partir del año 60 a.C., cultivó el poema épico autobiográfico.

En el año 60 a.C. surge el De consulatu suo, en 3 libros, que acarreó la crítica más acerba de sus coetáneos y determinó decisivamente el juicio de la Antigüedad sobre sus poesías.

A su regreso del exilio (58-57 a.C.) compuso el poema Marius, con el que intentó reflejar su propio destino personal en el de la figura mítico-histórica de Mario, con la que presentaba un gran paralelismo.

Durante los años 56 a 54 a.C. escribió un segundo poema épico autobiográfico titulado De temporibus suis, en 3 libros, que no publicó, en el que exponía su destierro y su regreso. Con él se despidió de la poesía para siempre.

2.2.2.      Historiografía.

Algo más tarde, Cicerón trabajó en una obra historiográfica que fue conocida después, como obra póstuma, bajo el título de De consiliis, en la que exponía su consulado y la época subsiguiente, con invectivas polémicas contra sus oponentes políticos, especialmente los triunviros.

No llegó a realizar el proyecto de una historia general de Roma que le propuso su amigo Ático porque, en realidad, Cicerón sólo tenía interés por una historia centrada en torno a su persona.

2.2.3.      Oratoria.

Poseemos de Cicerón 58 discursos, algunos de ellos mutilados, en los que se pone de manifiesto la totalidad de la vida pública desde el año 81 al 43 a.C. Podemos distinguir tres grandes grupos:

-Entre las causas civiles se encuentran los discursos Pro P. Quinctio, Pro A. Caecina y Pro Q. Roscio Comoedo, procesos sobre cuestiones de propiedad y dinero, y Pro Archia poeta y Pro L. Cornelio Balbo, sobre la posesión del derecho de ciudadanía.

-Entre las causas criminales están los discursos Pro Sexto Roscio Amerino y Pro A. Cluentio, que tienen como argumento un asesinato, pero sobresalen los que tratan sobre delitos políticos como alta traición Pro C. Rabirio perduellionis reo, Pro Sulla, concusión, Pro L. Murena, conducta extorsionadora de funcionarios, In C. Verrem, Pro Fonteio, Pro L. Flacco, Pro Aemilio Scauro y Pro C. Rabirio Postumo, violencia, Pro P. Sestio, In Vatinium testem interrogatio, Pro M. Caelio, Pro Milone. Son cosa apare los tres discursos pronunciados ante César en los años 46 y 45 a.C. solicitando clemencia para adversarios anteriores de aquél: Pro M. Marcello, Pro Q. Ligario y Pro rege Deiotaro.

-Los discursos propiamente políticos forman cuatro grupos principales:

1º a favor de Pompeyo: De imperio Cn. Pompei (66 a.C.);

2º discursos “consulares” (63 a.C.): 3 contra una ley agraria (De lege agraria) y 4 contra Catilina (In Catilinam);

3º discursos “del retorno del destierro” (57 a.C.), para dar las gracias al pueblo y al Senado, y volver a entrar en posesión de sus bienes. Destaca el De domo sua ad pontifices, sobre la reconstrucción de su casa en Roma;

4º las Filípicas (44-43 a.C.), discursos reales o ficticios, pero redactados a modo de panfletos, para ser difundidos por toda Italia y levantar los ánimos contra Antonio.

2.2.4.      Retórica.

En su juventud compuso el De inventione, tratado teórico en el que exponía las cinco partes de la obra oratoria (inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio).

En 55 a.C., muy menguado ya su prestigio de hombre político, pero queriendo preservar su grandeza literaria, publicó el De oratore, en 3 libros, su escrito retórico más importante, una amplísima exposición y fundamentación de su ideal de orador.

Nueve años después, Cicerón, movido por la nueva situación política y por las nuevas tendencias literarias, escribió tratados de retórica en otra línea diferente al De oratore. En el Brutus (46 a.C.) reconstruye toda la historia de la elocuencia latina. El Orator (46 a.C.) expone el retrato del orador ideal y aborda sobre todo la polémica contra los jóvenes que preconizaban un nuevo estilo, el “aticismo”, más simple y enérgico, menos variado y rico en formas que el suyo. En el De optimo genere oratorum (Acerca del mejor tipo de elocuencia) (44 a.C.), propone como modelo a Demóstenes.

Publicó también dos tratados puramente técnicos, sobre las divisiones de los discursos (Partitiones oratoriae) (45 a.C.) y los lugares comunes (Topica) (44 a.C.).

2.2.5. Filosofía.

Durante el mismo período, en dos etapas, se ocupó también de la filosofía.

-1ª etapa:

Cicerón desarrolla con su ayuda su propio programa político en los grandes tratados políticos de los años 54 a 51 a.C., De re publica y De legibus, ambos conservados fragmentariamente.

-2ª etapa:

En su segunda fase (46 a 44 a.C.), la obra filosófica de Cicerón se mueve bajo la presión de las circunstancias políticas y hacia una teoría autónoma.

Durante dos años lleva a cabo la adaptación latina de todas las adquisiciones filosóficas de Grecia: Paradoxa stoicorum (Paradojas de los estoicos) (46 a.C.), Hortensius, en el que canta las excelencias de la filosofía con el fin de lograrle nuevos adeptos, Academica, De finibus bonorum et malorum (Definiciones del bien y del mal en sí), en 5 libros, en que, tras haber expuesto la teoría del supremo bien en labios de un epicúreo, un estoico y un académico, propone una solución intermedia, Tusculanae disputationes (Discusiones de Túsculo), en 5 libros, que establecen la inmortalidad del alma y fundan la felicidad en la virtud, todos ellos del año 45 a.C., De officiis (Sobre los deberes) (44-43 a.C.), que muestra los conflictos entre lo honesto y lo útil y sacrifica el interés personal ante la ley natural de la sociedad.

Los problemas religiosos aparecen tratados en: De natura deorum (Sobre la naturaleza de los dioses) (45-44 a.C.), De divinatione (Sobre la adivinación) (44 a.C.) y De fato (Sobre el destino) (44 a.C.).

Obras más breves sobre filosofía moral son: la Consolatio (Consolación) (45 a.C.), misiva de consuelo sobre la muerte de su hija, el tratado De senectute (Sobre la vejez)  (44 a.C.) y el De amicitia (Sobre la amistad) (44 a.C.).

2.2.6.      Epistolografía.

Cicerón escribió también cartas, que constituyen un testimonio directo de su vida y de su época. Se nos han conservado la mitad aproximadamente:

-16 libros de cartas a Ático, (Ad Atticum), su amigo íntimo, a quien no oculta nada y escribe con una vivacidad espontánea, como si hablara;

-16 libros a sus parientes y amigos (Ad familiares), que contienen un número bastante elevado de respuestas de sus corresponsales;

-3 libros a su hermano Quinto (Ad Quintum fratrem), a quien da consejos para una administración provincial ejemplar;

-26 cartas a Bruto (Ad Brutum), cuya autenticidad se duda.

2.3.Valoración de la obra desde el punto de vista de su contenido y de su forma.

2.3.1. Oratoria.

En sus discursos, Cicerón llevó a su cumbre la tradición de la oratoria político-práctica de la que, durante la república,  los romanos pudieron servirse en el Senado, en la asamblea popular y ante los tribunales.

-Temática:

La obra oratoria de Cicerón presenta una gran variedad: actúa como defensor en causas criminales, como abogado de procesos civiles o de causas políticas. En ellos se refleja su propia vida pública, la evolución política y la transición de la República a la Monarquía. Constituyen también un documento único de la sociedad romana de la época.

-Principios teóricos de la elocuencia ciceroniana:

Los discursos judiciales de Cicerón contemplan las cinco partes de la obra oratoria que distingue la retórica griega: la “invención” reunía todos los elementos de la causa, narración de los hechos y su empleo a beneficio del cliente y refutación de los argumentos adversos; la “disposición” determinaba el orden y la proporción de las partes; la “memoria” permitía dominarlas; la “elocución” cuidaba la pureza y adorno de la lengua; la “acción” (voz, gestos) trataba de la exposición al público del discurso.

-Elaboración de los discursos:

            Cicerón lo preparaba primero a fondo, trazaba el plan y redactaba algunas partes; luego lo pronunciaba; finalmente, volvía a tomar las notas taquigráficas del discurso pronunciado realmente y lo modificaba para la edición destinada a la lectura, tratando de conservar la apariencia de la palabra viva, pero dándole un carácter más literario.

Para la publicación suprimía las interrupciones en el decurso oratorio, las declaraciones de los testigos y los documentos escritos a los que había dado lectura. Hoy día gana terreno la opinión de que las versiones conservadas, aparte de retoques puramente estilísticos, se corresponden  casi totalmente con las que fueron realmente pronunciadas.

Parece que el motivo que impulsó a Cicerón a publicarlos fue el carácter político-autobiográfico: contribuyen a su justificación política y a la detracción de sus enemigos.

No todos los discursos pronunciados por Cicerón fueron publicados y no todos los publicados han llegado hasta nosotros; pero es seguro que se publicó la mayoría de ellos, y de éstos se ha conservado también la mayoría.

Los discursos de Cicerón son, pues, obras de arte complejas, muy meditadas y muy vivas.

A menudo parece más enrevesado que vigoroso en la argumentación jurídica.

Por el contrario, no conoce rival en el arte de seducir y llegar al ánimo de los jueces, gracias a la inclusión de ejemplos y anécdotas, a la sensación de naturalidad y espontaneidad y a su gran sensibilidad.

Ataca con violencia desmedida a sus adversarios: Catilina, Clodio, Antonio.

2.3.2. Retórica.

La producción retórica de Cicerón responde a su intención de difundir en Roma la doctrina de los griegos. Pero va más allá elaborando una literatura retórica propia.

-De inventione:

Con su primer escrito retórico profesional, la Rhetorica, conocido hoy generalmente bajo el título De inventione, se proponía exponer ampliamente los cinco requisitos que había de cumplir un orador desde que empezaba a preparar un discurso hasta su pronunciación, a saber, la búsqueda de argumentos (inventio), su ordenación (dispositio) y formulación estilística (elocutio) y, finalmente, el esfuerzo de aprender el discurso (memoria) y su exposición al público (actio). Sólo llegó a redactar (o al menos son los únicos conservados) dos libros de los dedicados a la inventio; el resto habría ocupado otros dos o tres libros, que habrían tratado, dos de ellos sobre el estilo y uno sobre los otros tres puntos.

La Rhetorica tenía la misión de ofrecer una teoría de la oratoria fácilmente accesible y aplicable en la práctica como instrumento que permitiese al político imponerse a sus oyentes mediante el poder de la palabra. Señalaba, además, la vinculación inseparable entre filosofía -que poco puede alcanzar sin elocuencia- y elocuencia –que sin un trasfondo filosófico degenera en osadía-. Constituye el tratado de retórica latina más antiguo que ha llegado hasta nosotros.

-De oratore:

Treinta años más tarde, en 55 a.C., compone su escrito retórico más importante, el De oratore, en 3 libros, una amplísima exposición y fundamentación de su ideal de orador. Para el De oratore, el orador es el político por antonomasia, el que lleva las riendas del Estado, y cuya palabra tiene un peso decisivo en el Senado, ante el pueblo y en todos los asuntos del Estado.

Es la primera obra que escribe con la forma del diálogo literario, creado por Platón como reproducción del diálogo conversacional socrático. Los interlocutores son Antonio y Craso, por un lado, y dos jóvenes, Cota y Sulpicio, por otro.

Expone sus puntos de vista sobre la formación del orador, fundada en dones naturales y en conocimientos adquiridos (filosofía, historia, jurisprudencia) (libro I). Explica cómo deben adaptarse las normas tradicionales de la invención, la disposición y la memoria (libro II) y cuáles son los secretos esenciales del estilo y de la acción (libro III).

La atmósfera general de la obra da la impresión de una conversación ligera y amena.

El De oratore fundamentaba el inmenso éxito de la elocuencia ciceroniana.

-Brutus, Orator, De optimo genere oratorum:

Nueve años después del De oratore, entre 46 y 44 a.C., Cicerón se sintió impulsado a escribir nuevos tratados de retórica por dos razones: la dictadura de César lo reducía al silencio; y algunos jóvenes, Bruto y Calvo en particular, preconizaban una nueva elocuencia, más simple y enérgica, menos rica en formas que la suya. Así, aunque sigue defendiendo los ideales del De oratore, deja de lado los programas educativos amplios y se limita a cuestiones menos importantes (la historiografía de la elocuencia, controversias teóricas sobre problemas de estilo, detalles de técnica argumentativa y dialéctica).

En el Brutus (46 a.C.), diálogo que mantienen Cicerón y sus dos amigos Bruto y Ático, reconstruye toda la historia de la elocuencia latina y se considera a sí mismo como punto culminante de la evolución de este género en Roma. La elocuencia es puesta en relación con la totalidad de la historia cultural.

Digresiones y anécdotas intercaladas en el diálogo lo amenizan. Destaca la original aplicación de la forma literaria del diálogo a un tema de carácter historiográfico.

El Orator (46 a.C.), escrito en forma de carta dirigida a Bruto, reconstruye con carácter didáctico el retrato del orador ideal, encarnado por el propio Cicerón. Insiste sobre todo en la polémica contra los áticos, en el trabajo del estilo y en la extensión de los discursos.

La intención apologética de esta obra responde a la violenta reacción contra el estilo ciceroniano suscitada por algunos representantes de la generación de literatos jóvenes (aticistas) que defendían una sintaxis más concisa y un vocabulario más cuidadosamente seleccionado, a imitación de la elocuencia ática clásica del siglo IV a.C., frente a la construcción de los períodos sintácticos, el lenguaje recargado y la abundancia de figuras retóricas propios de Cicerón.

El Brutus, el Orator y el De optimo genere oratorum constituyen la justificación completa por Cicerón de su propia obra. En ellas expuso los motivos de su postura negativa frente al estilo aticista defendido en aquel momento por algunos jóvenes. Su oratoria clásica se opuso tanto al clasicismo de los aticistas romanos como al barroquismo de los asianistas.

2.3.3. Filosofía.

Cicerón había estudiado filosofía en su juventud, pues resultaba muy útil para la formación de un orador. En efecto, se sirvió de ella para la práctica retórica de la argumentación forense. Además, con su ayuda, y en medio de una creciente corrupción política, entre 54 y 51 a.C., se lanzó a escribir dos diálogos, cuyos títulos tomó de Platón: El Estado (De re publica) y Las leyes (De legibus). Constituyen dos grandes tratados políticos en que Cicerón expone su propio programa político.

 El De re publica, en 6 libros, definía el gobierno ideal como una síntesis entre la monarquía, la aristocracia y la democracia; la encontraba en la Roma del siglo II a.C. Consideraba la justicia como base de la vida social y la encontraba en las costumbres tradicionales de la antigua Roma. Llamaba a todos los grandes espíritus para que sirvieran al Estado.

En el De legibus, del que conservamos tres libros sólo, trataba de las leyes religiosas y de la organización política. Representa la elaboración concreta del programa político expuesto en el De re publica.

Los tratados escritos entre 46 y 44 a.C., constituyen una adaptación latina de las adquisiciones filosóficas griegas. Cicerón traduce unas veces, otras resume o mezcla diferentes sistemas filosóficos. Tiende a aceptar un estoicismo práctico integrado en un sistema neoacadémico que considera que el hombre sólo puede conocer apariencias, no realidades. Su mérito fue hacer accesible a los espíritus cultivados de Italia toda la filosofía griega, sugerir que de la comparación y la crítica de los diferentes sistemas filosóficos podía nacer una moral adaptada al temperamento romano, y crear una prosa filosófica latina.

Cicerón dio a sus tratados de filosofía, como a los de retórica, la forma del diálogo, inspirada en Platón, aunque también tomó rasgos de Aristóteles.

2.3.4. Epistolografía.

La mayoría de las cartas de Cicerón proceden de su misma pluma, pero muchas son también respuestas de sus destinatarios. En ningún otro grupo de textos antiguos está encerrada tanta realidad viva y directamente relacionada con la época. Constituyen la primera correpondencia privada romana que ha llegado hasta nosotros. Fueron publicadas a su muerte por su secretario Tirón.

El estilo de las cartas es el de la conversación culta y refinada, con inserción de palabras griegas, habituales en el lenguaje familiar de las personas cultas. Su naturaleza y variedad hacen de ellas una rara obra de arte de la literatura universal.

2.4. Pervivencia de la obra de Cicerón.

            2.4.1. Su obra filosófica.

La mayor parte de los conceptos filosóficos heredados de la Grecia clásica han sido transmitidos hasta nuestros días a través de la obra de Cicerón. Esta fue leída, conservada y apreciada por autores cristianos como Frontón (siglo II), Minucio Félix (finales del siglo II-comienzos del siglo III), Lactancio (finales del siglo III-comienzos del IV), San Agustín (siglo IV). Su influencia sobre éste último va desde la ejercida por el Hortensio en su conversión al cristianismo hasta la del estado ideal ciceroniano en La ciudad de Dios. La influencia se mantuvo a lo largo de la Edad Media. Sto. Tomás de Aquino, el principal pensador cristiano medieval, conoce y recoge ecos del pensamiento ciceroniano en sus obras más importantes.

            La obra de Cicerón ocupó el centro de las preocupaciones de los pensadores renacentistas: Petrarca, Coluccio Salutati, Baltassare Castiglione -especialmente en su cuarto libro de El Cortesano-, Montaigne, Erasmo, Luis Vives, Francisco de Vitoria -Sobre los deberes-.

            Durante los siglos XVII y XVIII, su obra continúa ocupando un lugar de importancia central en la historia de las ideas. En efecto, influye en el pensamiento de Descartes, en el Leviatán de Thomas Hobbes, en Hume y en la Ilustración francesa. También se encuentran ecos de su obra en el criticismo de Kant y en el idealismo alemán.

            2.4.2. La prosa ciceroniana.

            Gran influencia tuvo también la prosa de Cicerón.

            En el Renacimiento fue la lengua de los escritores que trataban en prosa latina de casi todos los asuntos imaginables. Durante varios siglos la diplomacia de las cancillerías europeas tuvo por vehículo no sólo la lengua de Cicerón, sino el vocabulario mismo, la misma colocación de las palabras y las mismas cadencias de los discursos ciceronianos.

            En ella se fundó uno de los estilos prosísticos reinantes durante la época barroca y que tuvieron sus continuadores en la prosa de los siglos XIX y XX. En efecto, Cicerón tuvo varios estilos, pero el que mayor influencia ejerció fue aquel que era más vigoroso y se caracterizaba por ser copioso, adornado, hinchado y muy elaborado. Dicho estilo se opuso al inspirado por Séneca, que se caracterizaba por su brevedad, concisión y densidad de contenido.

            Imitadores modernos de Cicerón son el novelista de origen irlandés Jonathan Swift (segunda mitad del siglo XVII-primera mitad del XVIII; Los viajes de Gulliver), el escritor francés Fénelon (siglo XVIII; Las aventuras de Telémaco), el historiador inglés Edward Gibbon (siglo XVIII; La decadencia y caída del Imperio Romano), entre otros.