LA LÍRICA Y SU VERTIENTE ELEGÍACA EN ÉPOCA REPUBLICANA: CATULO

1.      Introducción.

1.1.  La aparición de la “poesía personal” en Roma.

El poeta antiguo era considerado normalmente como un profesional, de manera que sus lectores no esperaban que su propia personalidad hallase expresión en lo que escribía.

La aparición de la poesía personal en Roma durante el desmoronamiento de la República fue un síntoma de los tiempos. La crisis política trajo consigo la pérdida de la lealtad y el respeto del individuo al Estado y el deterioro del sentido de la comunidad. Este proceso de emancipación del individuo, de liberación de las reglas de conducta, lo llevó a expresar abiertamente en público lo que hasta entonces sólo había dicho en círculos privados.

Esta renovación poética no se llevó a cabo de manera consciente desde un principio. Antes al contrario, se descubrió posteriormente que las poesías que habían sido escritas por mero gusto o placer, para amigos o para la propia satisfacción, eran lo suficientemente buenas como para ser publicadas. Pues, aunque no se las había considerado como literatura, podían ser comparadas con lo que entonces era estimado como tal, aceptando de este modo que la literatura había llegado, como todo, a su punto más bajo.

Una vez que Catulo decidió publicar lo que había escrito, y lo hizo con éxito, otros pudieron pensar desde un principio en la publicación de sus obras, lo que tuvo como consecuencia una actitud radicalmente distinta: ahora cualquiera podía dedicarse a escribir poesía personal para el público. Acababa de nacer una nueva forma literaria.

Pero la poesía personal planteaba un problema: no podía responder a un plan preconcebido, sino que tenía que ser espontánea y surgir de la experiencia misma del poeta. Mas, cuando no existiese ningún motivo personal para inquietarse o exaltarse, habría de faltarle la inspiración. Por ello, los poetas de la época de Augusto tendieron a limitarse a los viejos y siempre repetidos temas -amor, odio, muerte-, que variaban infinitamente gracias al perfeccionamiento de la técnica. Pero carecieron de autenticidad.

1.2.  El concepto de “poesía personal”.

El término “personal” caracteriza a un movimiento que se extiende a lo largo de tres cuartos de siglo, y comprende una gran parte de la poesía romana de la época clásica. Abarca escritos pertenecientes a distintos géneros literarios:

-los fragmentos conservados de los llamados poetas neotéricos (Levio, Valerio Catón, Helvio Cinna, Licinio Calvo, Furio Bibáculo);

-casi todo lo que se ha conservado de Catulo;

-el Catalepton (15 poemas de diversos metros), atribuido a Virgilio;

-las Églogas de Virgilio;

-la totalidad de la obra de Horacio (Epodos, Odas, Sátiras y Epístolas);

-la poesía perdida de Cornelio Galo (4 libros de elegías titulados Amores);

-toda la obra conservada de Propercio (4 libros de Elegías);

-la colección de poemas elegíacos designada comúnmente como Corpus Tibullianum;

 -una tercera parte de la obra conservada de Ovidio (Amores, Tristes y Epistulae ex Ponto);

 -poemas aislados, como los Priapea (una colección de 85 poemas, dos de ellos atribuidos a Tibulo, tres a Virgilio, uno a Ovidio y el resto compuesto seguramente durante la época de Augusto) y las Elegiae in Maecenatem.

Existe, por tanto, una clara línea de desarrollo que empieza en los neotéricos y Catulo y termina algunos años después de la muerte de Horacio (8 a.C.). En este tiempo, Ovidio se prepara ya a abandonar la poesía personal en favor de la épica y del poema didáctico. Y también en este momento Propercio abandona en su libro 4º la poesía personal para dedicarse a la poesía didáctica.

1.3. La línea de desarrollo de la “poesía personal”.

Como el poeta habla en nombre propio y expresa sus sentimientos personales sobre cosas que le emocionan o conmueven fuertemente, no puede emplear el estilo elevado tradicional. Los primeros cultivadores de esta poesía son conscientes de estar empleando un nuevo estilo, que puede ser caracterizado como lenguaje cotidiano levemente estilizado.

Los poemas breves de Catulo, tanto los poemas de amor como aquellos en los que interpela a un amigo, a un enemigo o a sí mismo, encierran tal intensidad de sentimientos y los expresan en palabras claras y sencillas con tal habilidad que nos parece escuchar al poeta directamente. Sólo andando el tiempo se percató de que lo que había escrito podía reivindicar el derecho de ser considerado como poesía, y al final de su breve vida publicó sus poemas.

Los poetas posteriores supieron desde un comienzo lo que hacían, ya que conocían bien las posibilidades del nuevo estilo. Y así pretendieron escribir versos de ocasión, una carta a la amada o a un amigo, pero en realidad escribían para la gran masa del público. Procuraron dar la impresión de que escribían tal y como acostumbraban a hablar, pero escribieron de forma cada vez más amanerada.

El único que consiguió mantener en pie esta ilusión fue Horacio. Él fue capaz de hacer aparecer como su tono conversacional propio el estilo complejo, muy alejado de una charla corriente y cotidiana, propio de las Odas. Con todo, el tono de Horacio es más grave que el de Catulo, pues contempla la vida desde un punto de vista moral y espera de sus oyentes que se esfuercen en meditar sobre el sentido profundo de lo que él les dice, y que al mismo tiempo se percaten de la casi constante ironía de sus palabras.

Por otra parte, los elegíacos (Tibulo, Propercio y Ovidio) cultivaron una poesía artificiosa en su intento de recrear el tema catuliano del amor apasionado. Propercio fue quien mayor éxito alcanzó con una forma de hacer poesía muy personal y erudita. Pero no consiguió mantener en pie la ficción de que era él mismo quien hablaba de sus propios sentimientos. Tibulo intentó combinar la tradición de Catulo con la de la poesía bucólica. Ovidio se atuvo, lo mismo que Propercio, al amor ciudadano. Sin embargo, desenmascaró el estilo con elegante burla, de tal manera que después de él fue realmente imposible escribir elegías amorosas.

1.4. Los comienzos de la “poesía personal”: Catulo y los neotéricos.

Catulo pertenecía a un círculo de jóvenes poetas modernos (neotéricos), innovadores, que se proponían sustituir los largos poemas impersonales, que encontraban afectados y llenos de “clichés” convencionales, por piezas cortas, cuidadas, individuales en el sentimiento y en el arte. Su innovación radicaba en la imitación de los alejandrinos a continuación de los clásicos griegos.

Retomaron el movimiento de reacción contra el clasicismo que se había desarrollado en el siglo III a.C. en el mundo griego, concretamente en Alejandría (Egipto), de ahí el nombre de alejandrino que se da a este movimiento. En aquel entonces se renovó la poesía griega con la obra del elegíaco Filetas de Cos, Calímaco, autor de himnos y epigramas, Licofrón, Teócrito y su Idilios, Euforión de Calcis, con sus elegías y epigramas. Aunque muy diversos en el fondo, todos estos poetas se parecían por un arte refinado y mundano, por su complacencia en la erudición y por su afición al detalle familiar y pintoresco. Detestaban los poemas de gran extensión. Sus composiciones no seguían un plan de manera regular. Practicaban las alusiones y los sobreentendidos.

Estas tendencias continuaron en la poesía griega durante los dos primeros tercios del siglo II a.C. En seguida se renovaron, no sólo en Alejandría sino también entonces en Roma (Grecia había pasado a formar parte del imperio romano a mediados de dicho siglo): Nicandro de Colofón escribió poemas didácticos sobre las mordeduras de los animales salvajes y sus contravenenos; el pseudo-Mosco, idilios rústicos; Meleagro de Gádara, composiciones satíricas y epigramas de gran ingenio; Partenio de Nicea, elegías mitológicas.

Los poetas neotéricos fueron excelentes conocedores de toda esta poesía refinada y erudita. Sólo breves fragmentos nos han llegado de ellos, de los que se deduce que se entregaron predominantemente a la composición de eruditos poemas épicos mínimos (epyllia), así como de breves poemas que expresaban sus sentimientos personales (epigrammata) y en los que se sirvieron de un sinnúmero de formas poéticas menores, entre ellas metros de burla y escarnio al estilo de Arquíloco e Hiponacte.

Así pues, no sólo imitaron a los poetas alejandrinos, sino también a los clásicos; y no sólo a Arquíloco e Hiponacte, sino también, y sobre todo, a Safo, Mimnermo, Alceo. La imitación de estos últimos llevó a los jóvenes poetas latinos al cultivo de una poesía subjetiva en la línea de la poesía erótica personal de la antigua Jonia. Es así como surge la “poesía personal”.

Los fragmentos de los poetas neotéricos que se nos han conservado son demasiado breves como para permitir un juicio crítico. Parece ser que Levio desempeñó el papel de precursor; Valerio Catón, el de teórico, aunque también parece que compuso unas Dirae y Lydia. Helvio Cinna tardó nueve años en escribir un erudito poema épico Zmyrna. Licinio Calvo fue orador y autor de epigramas, poesías epitalámicas, eróticas, didácticas y de una epopeya mitológica, Io.

 

2. CATULO.

2.1. Breve biografía.

Catulo vivió en la primera mitad del siglo I a.C. (hacia 87-hacia 54 a.C.). Procedía de una excelente familia de Verona, en la Galia Cisalpina. Llegó a Roma en fecha temprana. Allí estableció su residencia habitual, sólo interrumpida por ocasionales visitas a su ciudad natal, y además por el viaje de un año de duración emprendido en la primavera del año 57 a.C. en el séquito del gobernador de Bitinia, el propretor Memmio. En Roma consagró su vida al estudio, a la amistad y al amor. Sus más íntimos amigos en la capital fueron los transpadanos que se asentaron en ella, como Cornelio Nepote, a quien dedicó su libro de poemas. Además, era muy amigo del orador Hortensio Hórtalo, su familia tenía amistad con César, y Cicerón se interesó por él.  Se dejó arrastrar por su pasión hacia aquella mujer a quien llama Lesbia (sin duda Clodia, hermana de Clodio el tribuno). Se reconcilió con César, a quien había atacado en epigramas virulentos. Murió poco después, en plena juventud.

2.2. Producción literaria.

Las 116 composiciones que nos han llegado de Catulo, cortas en su mayor parte (algunas no tienen más que dos versos), no figuraban tal vez en su totalidad en el libellus editado por el propio Catulo con una dedicatoria a Cornelio Nepote.

Actualmente se encuentran agrupadas, no por temas ni por orden cronológico, sino de acuerdo con la extensión y el metro:

-en primer lugar, los epigramas de forma lírica (generalmente yambos), que constituyen el arte más fogoso de Catulo, las nugae (ocurrencias, bagatelas);

-en el centro, los poemas más extensos: los grandes poemas epitalámicos, los poemas cultos de marcada inspiración alejandrina (epyllia);

-finalmente, dísticos elegíacos.

La colección no comprende todas las poesías de Catulo.

            Se pueden distinguir:

            -breves poemas que expresan sus sentimientos personales (epigrammata), en que se pinta, bajo formas muy diversas, la pasión, las amistades y los odios del poeta;

            -composiciones líricas de carácter semirreligioso: el himno a Diana, los epitalamios;

            -poemas épicos breves y eruditos (epyllia) de marcada inspiración alejandrina: La cabellera de Berenice, inspirado en Calímaco, que había imaginado la metamorfosis de los cabellos de la reina de Egipto en cometa; Atis, que pinta mitológicamente el delirio orgiástico de los seguidores de Cibeles; la pequeña epopeya de las Bodas de Tetis y Peleo, el más largo de todos.

            2.3. Valoración de ésta desde el punto de vista del contenido y de la forma.

            La poesía de Catulo es un claro ejemplo de la cultivada por ese grupo de jóvenes innovadores, que se proponían sustituir los largos poemas impersonales, que encontraban afectados y llenos de clichés convencionales, por piezas cortas, cuidadas, individuales en el sentimiento y en el arte. En efecto, la colección de poemas catulianos nos pinta esa sociedad de jóvenes ardientes, curiosos y alegres, que unen en ellos el arte por el arte, la disipación mundana y la vida sentimental más agotadora. Se retan, se invitan, se adulan, se injurian, cambian versos entre sí, juzgan los de los demás, siempre con la misma viveza pasional.

            La poesía de Catulo se nos presenta tan fresca, inmediata y espontánea que olvidamos con facilidad el hecho de que poemas como los suyos sólo pueden surgir en el seno de una sociedad en la que el manejo de la lengua se ha convertido en un arte extremadamente consciente y refinado, y en la que el individuo ha aprendido a expresarse como tal individuo.

            Su arte se caracteriza por una extrema variedad de tonos: las confidencias íntimas son cínicas; los ataques personales, violentos hasta la descortesía; las finezas, elegantes y amaneradas; los poemas de corte alejandrino, tortuosos y pintorescos. Pero siempre vibra en su voz un tono irónico, ya escriba sobre sí mismo, sobre su mundo en torno o sobre el mundo de los mitos y las aventuras amorosas míticas. Su ironía es en ocasiones amarga y corrosiva. La lengua, el metro y la estructura de la frase se adaptan a los distintos géneros cultivados.

            Las bagatelas (nugae), los poemas más breves, que constituyen el comienzo del libro, representan una adaptación muy viva y personal de la mundana poesía alejandrina. Están en la frontera entre la verdadera poesía y la poesía cotidiana y trivial, perteneciendo a lo que se ha llamado paraliteratura. Se trata de poemitas alegres, bromas caracterizadas por su violencia satírica, galanterías sutiles, tiernas o imperceptiblemente burlonas. Es el arte de hacer algo de lo que no es nada. Metros yámbicos y trocaicos, especialmente endecasílabos, son los empleados por Catulo en estos poemas, metros que fueron utilizados por los autores romanos de versos de burla y escarnio.

            En la misma línea “antipoética” de la paraliteratura, carente de pretensión verdaderamente literaria, está buena parte de los dísticos elegíacos de la segunda parte del libro.

            Sobre todo este telón de fondo, aparecen los poemas a Lesbia. Constituyen una proclamación apasionada y, sin embargo, elegante y refinada, de los amoríos del poeta con la esposa de otro hombre, presentada siempre con una cierta ironía. Inicio esperanzado, dificultades, reanudación, despedida definitiva son las etapas de su relación amorosa con Lesbia, que podemos seguir ordenando estos poemas dispersos. Dicha relación es presentada con una sinceridad abrumadora. Sin embargo, el arte no está ausente, y no faltan las imitaciones, en particular de la poetisa Safo (siglos VII-VI a.C.).

            Todas estas composiciones eran más descaradas de lo que permitían las convenciones literarias tradicionales, pues la intención de Catulo no era escribir literatura. Muchos poemas trataban temas poco edificantes. Pero, en una sociedad tolerante que sabía valorar el ingenio y la gracia, eran acogidos con agrado y tomados en serio como dignos de ser publicados.

            Entre los poemas de cierta extensión, que ocupan la parte central de la colección, encontramos eruditos poemas épicos menores de tema mitológico (epyllia) en la más pura línea alejandrina. En ellos las pasiones amorosas no son subjetivas, sino que pertenecen al mito. El metro utilizado es el hexámetro dactílico. El modelo más completo son Las bodas de Tetis y Peleo. Los dioses acuden a la boda de la Nereida Tetis, que se ha enamorado del Argonauta Peleo. El desarrollo de la acción no es continuado, sino que el poeta salta sin transición de episodio en episodio e interviene en el relato comentando los acontecimientos. Incluso intercala en la acción principal, con el pretexto de describir la colcha del lecho nupcial, una leyenda totalmente distinta: la de Ariadna abandonada por Teseo en una isla y recogida por Baco. En su conjunto, una composición de este tipo está muy lejos de la antigua epopeya. El gusto por el detalla desigual y minucioso pretende suscitar la curiosidad del lector y sugerirle relaciones con otras creaciones literarias o con obras de arte conocidas por él.

            Además de los epyllia, se encuentran en el centro del libro los epitalamios, que ofrecen modelos del clasicismo latino que representarán a finales del siglo I a.C. y comienzos del I d.C. poetas como Virgilio, Horacio y Ovidio. Se caracterizan por su sensibilidad y una simplicidad llena de grandeza, y ponen de manifiesto la influencia que también los clásicos griegos (Homero, Píndaro, los líricos de Lesbos -Alceo y Safo-) ejercieron en Catulo. Uno, el de Junia y Manlio, es de tono romano casi por completo; el otro, une con naturalidad a Grecia e Italia.

            Junto a los epyllia y los epitalamios, hay que mencionar la elegía a su amigo Alio de Roma, su más grande creación. Catulo se ve zarandeado por diversos sentimientos: la noticia de la muerte de su hermano en la Tróade lo lleva a su patria; su aflicción por este hecho se ve incrementada por el dolor de la separación de su amada, al tener que abandonar Roma, y por la incertidumbre que lo domina respecto su fidelidad; con tales sentimientos se mezcla el recuerdo feliz de los encuentros con Lesbia en casa de su amigo Alio. Pionera de la elegía augustea, anticipa sus principales rasgos: auténtica poesía subjetiva; exteriorización de los propios sentimientos; sucesión arbitraria de las ideas; continua fluctuación del estado de ánimo; motivos opuestos de la alegría y el dolor; composición anular; inserción de mitos; empleo del dístico elegíaco.

            Catulo modifica su lengua según los géneros que trata. La de los epyllia es cuidada, helenizante; la de los pequeños poemas, con rápidas expresiones, términos familiares, palabras vulgares, diminutivos cariñosos, conversacional. En cualquier caso, siempre irónica.

            La versificación es variada. Introduce en Roma nuevas formas líricas, como la estrofa sáfica o los endecasílabos falecios.

            Catulo es un lírico, no sólo en el sentido antiguo del término, ya que es escritor de poemas que requieren música, sino también en el sentido moderno de la palabra, por la expresión de su personalidad en sus poemas. Es pues el precursor de Horacio y de los poetas elegíacos de la época de Augusto (Tibulo, Propercio y Ovidio).